Se cuenta que en 1935 la familia Rocha se ve obligada a trasladarse a la costa por recomendación del médico, ya que uno de sus hijos sufre de asma y era necesario el aire puro del mar para su mejoría. Eligen las costas de Punta del Diablo para establecerse y construir su rancho, lo que los transforma en los primeros pobladores. En los años siguientes hombres que vieron en la pesca del tiburón una buena remuneración se trasladan de forma temporaria a éstas costas oceánicas, edificando sus ranchos en distintas zonas y en condiciones totalmente precarias. En ese entonces los alimentos debían ser traídos desde Castillos lo que era muy complicado debido a que los accesos hasta el pueblo eran inexistentes, muchas veces las huellas que dejaban los carros eran borradas por el viento lo que dificultaba el próximo viaje. Muchas familias trajeron sus vacas y llegaron a hacer huertas resguardándolas del fuerte viento y del invierno. Esto les permitió mejorar las condiciones de vida y la alimentación de los pobladores, especialmente a los niños.

Mas tarde en 1949 se construye la Hostería del Pescador y con ella la carretera que va desde la Ruta 9 hasta dicha hostería, la que albergo a muchos turistas que llegaban tanto del resto de país como del extranjero. La carretera aunque con muy escaso mantenimiento y muchas veces tapada de arena mejoraba el acceso. Una vez que se llegaba hasta la Hostería del Pescador se continuaba el viaje hasta la punta en carro. Recién en 1968 se construyo el camino de acceso hasta la punta; en ese entonces había varias familias de pescadores instaladas e instalándose en el pueblo con carencias de todo tipo, que gracias a que la pesca del tiburón estaba siendo bien remunerada y a la buena organización de muchos de los pescadores, fueron construyendo y consiguiendo por sus propios medios. Construyeron la escuela, el museo y formaron una cooperativa de pescadores. También muchos de los pescadores pudieron mejorar sus equipos y embarcaciones y construir galpones de pesca. Durante la Segunda Guerra Mundial se pescaba el tiburón para extraer su hígado y hacer aceite para exportar, cuando finalizo la guerra el negocio casi desapareció por lo que se paso a secar pescado. Este se secaba en “varales” donde se colocaban los filetes de tiburón (ya salados, prensados y saturados) al sol para que se sequen por completo. Los varales se usan hoy en día y el olor que desprende se ha vuelto característico del lugar.

Muchas de las mujeres que llagaron Punta del Diablo acompañando a sus maridos se convirtieron en grandes artesanas, usando elementos autóctonos y únicos que hacían y hacen que los turistas se vean fascinados por sus piezas, lo que dio paso a la creación de una feria artesanal que sigue creciendo hoy en día. Lo que en un principio era un pasatiempo para estas mujeres se transformo en un medio de vida en momentos en que la pesca se hace difícil.

Basado en los libros: Punta del Diablo de Jorge Pasculli y Crónica de Punta del Diablo- Memoria e Identidad de Humberto Ochoa Sayanes; también agradecemos a los pobladores que nos agregaron sus propias historias.

   
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